domingo, 10 de noviembre de 2013

En defensa de los muertos de Octubre


En defensa de los muertos de Octubre
Izar Iraultza
Asamblea del Soviet de Petrogrado 1917
Si el presente está lleno de posibilidades por qué no habrían de estarlo también las otras temporalidades como el pasado y el futuro. El pasado no puede ser una necesidad como aconteció, pensarlo de esa forma es una cuestión teleológica. Porque sólo tendría lugar en la historia lo necesario, lo obvio, lo universal y lo que se sujete a ello. Pero el pasado porque aconteció de tal forma no es necesario, en el caben muchos pasados, quizás frustrados pero al fin y al cabo muchos pasados. De igual forma el presente se presenta como una diversidad de proyectos posibles para la sociedad, está revestido de contingencias y de particularidades que no son consideradas al hablar de necesidad.
Entonces por qué seguir viendo al pasado como algo construido y acabado, inmóvil. La Historia se encuentra en el presente, y desde ahí el historiador mira hacia atrás y trata de explicar su pasado. Pero no puede explicarlo únicamente como consecuencia del presente, ello implicaría forzosamente una relación de necesidad entre las temporalidades, más bien debe(ría) recurrir a un diálogo dialéctico de las temporalidades en donde todo se mueve, cambia y es posible aunque no por ello factico. El historiador comprometido carga sobre su espalda una enorme responsabilidad y es la de ubicar y hacer explícitos a todos aquellos personajes que la historia de los opresores ha dejado fuera. Opresores propietarios y luego occidentales que han dejado fuera de su historia del progreso y la racionalidad a los pobres de sus países y a la “periferia”, Asia, África, Oceanía y América no cuadran en ese pedantesco esquema.
Los historiadores no dicen lo que realmente pasó, ese viejo dogma objetivista debe ser desechado para siempre, la realidad es tan vasta que resulta imposible estudiarla completamente. Pero lo que sí es posible es fragmentarla para hacerla inteligible y comprender los procesos sociales, políticos, culturales y naturales. Es por ello que existe una diversidad enorme de objetos de estudio en la Historia.
El pasado está lleno de muertos, de muertos que corren el riesgo de seguir siendo asesinados en el eterno silencio de los eruditos, por la indiferencia y la incomprensión de los estudiosos y las personas comunes y corrientes. Los muertos nunca podrán descansar en paz si se les olvida, ya sea por ignorancia o porque aquellos muertos alguna vez fueron derrotados. Seamos sinceros la historia de las clases sociales oprimidas es en su mayoría de derrotas y derrotas que siguen sin superarse en el presente.
Los muertos asedian y callan en el presente, muchos nunca tuvieron ni siquiera derecho a hablar o existir para esa historia de los grandes hombres y las grandes narrativas. Pero los grandes procesos revolucionarios no se componen únicamente de dirigentes sino de grandes contingentes de personas que irrumpen en la normalidad de la historia y la hacen estallar en un proceso de extrema convulsión donde las multitudes ponen a prueba a dirigentes, programas y organizaciones para exigir un lugar en la historia, aunque sea de manera colectiva y tomar las riendas de los procesos revolucionarios. Eso fue la Revolución de Octubre y de Febrero de 1917 y la de 1905. Y los muertos de todos esos procesos merecen el respeto de haberse hecho presentes en esos periodos y tomar las riendas de sus destinos y tratar de construir sobre las ruinas de una sociedad aristocrática como la zarista un porvenir redimido. Las distintas revoluciones rusas no fueron únicamente los partidos de masas y dirigentes conocidos, fueron también toda esa masa de desclasados, lúmpenes, militares, campesinos y trabajadores que vivían al margen de la “modernidad” y que emergieron de las entrañas de la sociedad para intentar frenar todos los desastres de la occidentalidad. Entonces, cuando recordemos a la Revolución de Octubre y a cualquier revolución recordemos también a todas aquellas personas de las que no quedan muchos rastros más que la memoria de su acción colectiva y su irrupción en la historia. Porque como decía Walter Benjamin “encender en el pasado la chispa de la esperanza es un don que sólo se encuentra en aquel historiador que está compenetrado con esto: tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, si éste vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer.1

En 1991 se reinstauraba el dominio de la propiedad privada en los territorios de la antigua ex Unión Sovética y con ello una oleada sin precedentes de criticas vagas y teleológicas que apuntaban hacia la imposibilidad del socialismo. Y en muchos sectores esa idea permeó. Pero la historia no conoce de absolutos y las grandes ilusiones de la modernidad basadas en el progreso y la ciencia no han resuelto los problemas que prometieron alguna vez resolver después de asesinar a Dios. El socialismo fue un proyecto ilustrado inspirado en el progreso industrial y en la ciencia, de ahí que también se nombrara “científico” al marxismo. El socialismo como proyecto social en su vertiente estalinista fue frustrado al igual que otros socialismos. Pero que hayan sido derrotados no quiere decir que no sirvan. De hecho sirven para ampliar los horizontes y las perspectivas de la lucha y la reivindicación de esas derrotadas pasadas para no seguir perdiendo en el presente. Recordar la Revolución de Octubre es una necesidad para todos aquellos que siguen pensando en un futuro socialista porque los enemigos de esa revolución y defensores del orden actual o la asediaran con todas sus fuerzas o permitirán que sólo quede memoria de ella como un recuerdo de antaño inviable y olvidable. Ese sería el mayor crimen que se puede cometer desde el presente. Si el pasado fue frustrado aún queda el futuro como redención no sólo para los vivos, también para los muertos.




1 Tesis VI sobre el concepto de historia.

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